En su libro El no tan salvaje Oeste, los economistas Terry Anderson y Peter Hill demuestran de forma magistral que el Oeste no tenía nada que ver con la visión usual que se tiene de él. La violencia no sólo no era particularmente común, sino que aparecieron relaciones socioeconómicas estables de forma espontánea antes de que el Estado tuviera una presencia importante. De hecho, Anderson y Hill muestran repetidamente que la llegada del Estado con frecuencia empeoró las cosas, en la medida en que políticos y grupos de interés adquirieron la capacidad de desbaratar los acuerdos que la gente había ido estableciendo para maximizar los beneficios que podían derivar de la tierra y de sus recursos, y para minimizar los conflictos.

A la luz de la Nueva Economía Institucional, los autores explican que «la cooperación prevalecía sobre el conflicto porque los beneficios y costes del cambio institucional recaían en grupos o comunidades pequeñas y bien definidas. En la medida en que las nuevas instituciones se desarrollaban a nivel local y voluntario, quienes tomaban decisiones asumían los costes del conflicto y los beneficios de la cooperación». Ya se tratara de ganado, derechos sobre minas, agua o cualquier otra cosa, la gente era extraordinariamente buena diseñando reglas y estructuras eficientes para sacar el mayor provecho de las condiciones a que se enfrentaban. En pocas palabras, el Oeste americano fue un laboratorio donde se pusieron a prueba las ideas hayekianas acerca de los beneficios del orden espontáneo, y donde se ha visto que eran ciertas.

El no tan salvaje oeste — Anderson & Hill

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